Un testimonio de Misericordia, de un misionero burgalés Ramón Delgado del IEME

En la Jornada Pastoral Diocesana, clausura del Año de la Misericordia

Un gran saludo a todos los que estáis presentes y un gran recuerdo para todos los que no han podido hacerse presentes pero que comparten ese gran misterio de pertenecer a la iglesia diocesana.

A mí se me ha pedido que hable de la iglesia del más allá, pero no puedo hacerlo sin una referencia a la iglesia de aquí. Yo nací, crecí en la fe y fui formado en la diócesis de Burgos. Mis primeros pasos como sacerdote les di en el norte de la diócesis. Allí aprendí a ejercer la vocación sacerdotal, viviendo y trabajando con otros compañeros y compartiendo con la gente las vivencias de un mundo rural cada vez
más despoblado. Con ellos viví la fe y fui descubriendo la vocación misionera que me impulsaba a ir más allá.

El lema del Domund de este año es “Sal de tu tierra”. En esa invitación y exigencia se halla el reto que Dios nos lanza a cada uno de nosotros. Haber descubierto a Jesús de Nazaret y haber apostado por Él es una opción que tiene consecuencias para toda la vida. En la respuesta positiva que hemos dado a su llamada no hay marcha atrás. No puede haber retroceso. Es fundamental la evolución y clarificación de esa vocación, y no es comprensible la cobardía. Salir de la tierra significa dejar muchas cosas y alejarse en el tiempo y en el espacio de muchas personas muy queridas. Todo lo que se ha compartido desde la fe nos ha enriquecido mutuamente, nos ha acercado y hemos trabado lazos de cariño -por las experiencias compartidas, las dificultades solucionadas, los momentos de dolor acompañados-… Salir de la tierra también significa partir hacia lo desconocido. Desconocimiento de las personas con las que vas a trabajar, de los lugares y medios en los que vivirás, de las propias limitaciones físicas, de la lengua en la que te expresarás y te comunicarás… Salir de la tierra es una invitación que Dios Padre hace a sus hijos a vivir la fe con la confianza de que Él no nos abandona.
El Señor que nos envió a anunciar el Evangelio no nos ha abandonado. En nuestro dejar atrás tantas cosas y personas por Él y por su nombre, hemos encontrado cien veces más. Ese mismo amor que nació en nuestro corazón, vivido en la iglesia diocesana, ha sido el que se ha acrecentado en las nuevas iglesias. Aunque las dificultades y las dudas no han estado ausentes, siempre ha vencido la entrega y la pasión de poder vivir y anunciar el Evangelio. Mi tarea misionera ha estado siempre acompañada por un buen grupo de compañeros de diferentes edades y con distintas experiencias misioneras, grupo que nos ha ayudado a vivir en fidelidad y a crecer en la fe.

La nueva tierra a la que llegué me ofreció la ocasión de conocer el primer bautizado de la diócesis, escuchar su testimonio y poder acompañar a su familia en su funeral. En una diócesis joven, la valentía y decisión de los primeros cristianos ha marcado un gran itinerario a seguir para las futuras generaciones. ¡Qué gran fe la de esos hombres de los primeros tiempos en circunstancias tan adversas!
En el grupo de las mujeres se vive la capacidad de organizarse y ayudarse en las dificultades. Mujeres, fuertes de naturaleza, que lucharán por sacar adelante la familia, pero también por defender los valores de su sociedad y por ser fieles a la tradición familiar. Ellas han encontrado en la fe cristiana un gran complemento que les ayuda a realizarse como personas. ¡Cuánto esfuerzo hacen para poder asistir a las reuniones y a las clases de alfabetización! ¡Qué fidelidad en las catequesis y en la celebración de la liturgia!
Si algo hemos visto en el continente africano son niños. En África, formado por 1.200.000  habitantes, la media de edad del continente no supera los 20 años. ¡Qué difícil encontrar maestros, médicos, dirigentes y agentes sociales para organizar el entramado social! La dificultad económica hace a muchos estudiantes interrumpir los estudios y tomar el camino de la enseñanza sin titularidad alguna; la alternancia de los estudios con las responsabilidades familiares hace que muchas niñas no acaben los estudios de secundaria; la masificación en las clases y la falta de locales hace que no se pueda llevar a cabo un seguimiento de los alumnos. Encontrar el dinero para pagar los útiles necesarios en clase se presenta como un verdadero problema en un país, Togo, que vive en un 95% de la población, directamente de la agricultura de subsistencia, con una cosecha condicionada a la buena estación de lluvias.
Los jóvenes, que aun siéndolo, allí no lo son tanto, tienen ganas de vivir y de vivirlo todo. Todos quieren participar en las asociaciones, movimientos, grupos… Son dados a organizarse y por supuesto a amenizar todo con el ritmo de la música. Los kilómetros a desplazarse no son impedimento para nada. La mayor parte de las veces a pie.  Gran parte de ellos siguen el catecumenado durante cuatro años para recibir el bautismo en la Vigilia Pascual. Algunos siguen distintas formaciones después del bautismo para poder formar parte en las responsabilidades de las comunidades y de la parroquia.

Dentro de todos los agentes pastorales de la diócesis de Dapaong, a quienes más admiro es a aquellos que trabajan en el dominio de la salud. No hay seguridad social y hay que pagarlo todo. Esto hace que cuando uno va al médico la cosa ya sea grave. El mimo, la paciencia, el cariño, el interés, la comprensión y el cuidado que sale de manos, boca y ojos de aquellas hermanas que regentan los centros de salud hace que la enfermedad sea menos enfermedad. También es verdad que la gente aguanta el sufrimiento de otra manera.
Mucho ha sido el tiempo dedicado a estar con los ancianos para escuchar sus consejos, sus pareceres, aprender de su experiencia. En este mundo de cultura oral, donde la palabra pronunciada y dada tiene un gran valor, el hecho de escuchar es muy edificante. En esto, la lengua siempre fue una dificultad, un límite que nos ha costado rebasar, pero que nos ha hecho ser más humildes. Las reuniones, a veces se hacen pesadas porque hay que traducir.
Los catequistas no pueden pasar desapercibidos. También ellos han sido llamados a anunciar la Palabra de Dios. ¡Qué valor y cuánta aportación hacen a las parroquias! Manteniendo a sus familias asisten a la formación, aseguran las catequesis, acompañan a sus comunidades, celebran la liturgia de la Palabra, son testigos de la fe en su medio y están dispuestos a salir de su tierra por servir a otras comunidades.

Allí donde hay vida también hay sufrimiento y muerte. Son muchas las ocasiones en las que hay que visitar a enfermos para animarlos, administrar sacramentos, acompañarlos en la enfermedad y ayudar a tratar o ver cómo colaborar y apoyar. Además de acompañar en la enfermedad, no pocas son las ocasiones en las que las familias pierden algún miembro y necesitan de apoyo y ánimo para seguir adelante.
Con el paso del tiempo las personas crecemos en fe, en experiencia y en años. Hay ocasiones en las que quienes nos han acogido a nuestra llegada se hacen mayores y regresan, nos pasan el relevo. En otras ocasiones la enfermedad… y a veces ni eso: en pleno vigor y fortaleza, el Señor que nos dio la vida nos llama para sí. Hay sillas que se van viendo vacías y nos duele porque conocimos a quien antes se sentaba ahí.

Pero Aquél que nos llamó a salir de nuestra tierra no nos ha dejado nunca solos. Siempre ha habido otras manos que acompañan nuestra tarea. En esa iglesia diocesana que comenzó a nacer hace 50 años, aquellos niños que comenzaron a venir a nuestros encuentros, catequesis, escuelas… que un día dijeron que querían ir al seminario menor, a los que hemos acompañado y animado durante este tiempo, el Señor Jesús les ha llamado para enviarles a anunciar el Evangelio. Y han respondido con generosidad en la vida religiosa o sacerdotal. Y hay órdenes (una, dos, cuatro, seis, tres, dos… )

Y ahora es cuando ya estamos a gusto: Hay muchos catecúmenos, la parroquia organizada, los responsables trabajan… Hemos vivido mucho con la gente, hemos compartido, nuestro corazón se va apegando… Hemos aprendido algo la lengua… Pero precisamente este año el lema del DOMUND nos dice una vez más: “Sal de tu tierra”. Y nos ponemos de nuevo en camino. Hemos reflexionado y orado mucho. Y vemos otro país donde la Iglesia es más débil. Y precisamente porque somos misioneros, con gran pesar de nuestro corazón por lo que dejamos una vez más, metemos los pocos enseres de los que disponemos en la maleta y de nuevo nos ponemos en camino.
Hace un año el Papa abría la Puerta Santa del Año de la Misericordia en Bangui, (RCA). A ese país nos encaminamos. Una vez más, limitados por la lengua, y con necesidad de aprenderla, tenemos que hacernos como niños, porque solo de los que son como ellos es el Reino de los Cielos.
Nuestra experiencia misionera es también una expresión de la Iglesia local de Burgos que sale al encuentro del necesitado a través de nuestras humildes personas mediante el testimonio, la presencia y el servicio fraterno. Seguir a Jesús en el servicio a los más necesitados en lugares remotos es también tarea de los “discípulos misioneros”.

Que Jesús, a quien hemos descubierto como cristianos, que nos ha hecho aumentar la fe en el momento en que hemos comenzado a compartirla, que ha hecho imparable la dinámica del amor en el mundo, nos ayude a ser tan generosos con los demás como lo ha sido Él con nosotros.