• CADENA DE BONDADES


    Escucha el rap del Mes Misionero Extraordinario
  • MES MISIONERO EXTRAORDINARIO


    Octubre 2019: "Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo"
  • "GUÍA COMPARTIR LA MISIÓN"


    Propuestas de voluntariado misionero
  • AYUDA A LAS MISIONES


    Colabora con los misioneros españoles

DESDE ECUADOR CON AMOR


En este mes de julio hemos venido a Ecuador un grupo de 6 personas, cada una de un ámbito distinto pero unido por el mismo compromiso, para tener una experiencia misionera. Cada uno de nosotros y nosotras aportaba algo al grupo que hacía que este fuera mucho más potente y eficaz; y para que cada uno de nosotros/as estuviera más cómodos allá donde hacía falta que fuera todo el grupo.

La primera semana la desarrollamos en la cuidad de Puyo con el “Proyecto Encuentro”, pudimos disfrutar de un gran grupo de chicos y chicas, el cual está dirigido por las hermanas Dominicas de la Enseñanza. Es un programa dedicado a niños/as y adolescentes en situaciones de vulnerabilidad a los cuales se les educa, enseña y desarrolla.
Tuvimos la gran suerte de poder compartir con ellos un montón de experiencias, y entender y entrar de la mejor forma posible en nuestra experiencia misionera.
Esto se debe a que gran parte de ella se centraba en acompañar, conocer y compartir, siempre con una gran sonrisa de gratuidad unida al profundo cariño que nos cogieron, y que les cogimos nosotros/as a ellos también.

Las dos siguientes semanas nos adentramos a la selva a conocer las comunidades de Sarayaku, Pacayaku y Canelos.
Lo vivido allá fue toda una experiencia desde el minuto uno cuando nos montamos en la barca con Camilo y su ahijado Santiago. En ese viaje Camilo compartió algo con nosotros/as y era que allá se decía que: “cuando uno viajaba el Domingo por el río Bobonaza y llovía durante el viaje, eso quería decir que Dios nos bendecía con su llegada”. Y lo que en un principio no dejaba de ser una mera opinión, tuvimos la suerte de poder confirmar lo que se nos decía en nuestras propias carnes, ya que desde el momento en que pisamos la tierra de Sarayaku pudimos descubrir día tras día que estas palabras se iban haciendo aún más realidad.

En primer lugar, lo descubrimos con la hermana Rosa, que estaba allá en la misión. Ella fue la primera que nos acogió y nos dio no solo todo lo que ella tenía para comer, sino que también nos regaló su tiempo y su testimonio de vida allá con las comunidades indígenas.
Además, en las comunidades, algo que nos recordaron y nos enseñaron en todas y cada una de ellas, fue la gran capacidad que tenían de acogida, entrega y gratitud. Compartieron con nosotros/as en muchas ocasiones lo poco que tenían para comer o, incluso, iban a cazar el día anterior para podernos ofrecer algo. Esta entrega y gratitud que mostraban cada uno de los rostros, quedó marcada como enseñanza y aprendizaje en cada uno de nosotros/as.


En Pacayaku pasamos únicamente de visita, ya que se dieron diversos factores que hicieron imposible el estar ahí más tiempo. Pero en Canelos, ya teníamos a las hermanas esperándonos para afrontar otra semana selvática, donde ni el calor, ni el cansancio acumulados de los días anteriores nos quitaron las ganas para seguir aprendiendo de cada persona que conocíamos y aportando nuestros pequeños granos de arena en todo aquello en lo que les pudiéramos ser útiles.

Todo esto que íbamos viviendo nos ayudó también a que entre nosotros se fuera dando un clima de fuerte amistad unido a la confianza que poco a poco íbamos cogiendo los unos para con los otros. Además de  descubrir que en un período tan corto de tiempo pudiéramos sentirnos como decíamos varias veces allá “La Pequeña Familia de Ecuador”, donde cada uno y cada una era una pieza importante que ayudaba avanzar al resto.

Tras este pequeño recorrido llegó la vuelta a España, con un sabor agridulce cuanto menos; las ganas de volver eran fuertes pero las experiencias, vivencias y personas que nos llevamos de Ecuador son, sin duda, algo que quedará en el corazón de cada uno de nosotros y nosotras para el resto de nuestras vidas.

María Paula Labrador

Un drama en tres escenas: Esperanza y unidad en el África más desesperada y dividida.


En muchos lugares de África la gente malvive en sociedades divididas y sin perspectivas de un futuro mejor. Pero también allí son muchas las personas que testimonian que la Iglesia es un signo de unidad y esperanza. El obispo Jesús Ruiz, que trabaja en la República Centroafricana, es una de ellas.


PRÓLOGO. "EN MI VIDA NUNCA HE ELEGIDO MIS DESTINOS"

A monseñor Jesús Ruiz las palabras parecen brotarle de un pozo de infinito cansancio. No es solo por pasar la mayor parte de su tiempo recorriendo miles de kilómetros en una remota diócesis devastada desde hace por lo menos siete años por numerosos grupos armados, sino, sobre todo, por haber absorbido la dura existencia de sus diocesanos de Bangassou, de donde es obispo auxiliar desde 2017. Natural de un pueblecito de Burgos, pero con raíces sorianas, es posible que aprendiera a ser un pastor itinerante de su padre ferroviario, lo que, según él, marcó a su familia: “Somos tres hermanos, y cada uno fuimos naciendo en una estación de tren distinta”. Mientras realizaba sus estudios de Teología en el seminario de Burgos, siempre quiso ser misionero. “Escuchaba a los sacerdotes que venían de África y me quedaba encandilado”, dice recordando sus inicios vocacionales. En 1982, al terminar sus estudios de Teología, entró en los combonianos y, después de completar una licenciatura en París, en 1987 fue destinado a Chad, donde durante 15 años trabajó en parroquias rurales del sur del país. Allí ejerció su ministerio en infinidad de comunidades rurales, en lugares muy lejanos. Se volcó en la formación de catequistas y gestionó proyectos de graneros comunitarios para luchar contra la penuria de alimentos. Tras unos años de servicio en España como formador, en 2009 inició un nuevo servicio en la República Centroafricana, donde fue párroco en Mongoumba, una remota misión en la zona del sur. “Allí pasé ocho años y, cuando pensé que era hora de volver a España, una llamada de la nunciatura en 2017 me obligó a cambiar de planes”. Le acababan de nombrar obispo auxiliar de una diócesis sumida en plena guerra. ¿Por qué aceptaste? “En mi vida nunca he elegido yo mis destinos”, sentencia.

ESCENA PRIMERA PIGMEOS: ¿ACASO ESTOS NO SON SERES HUMANOS?

“¿Acaso estos no son hombres?”, decía el dominico Bartolomé de las Casas cuando contemplaba, horrorizado, cómo trataban los conquistadores españoles a los indígenas de América hace 500 años. Eso mismo debió de sentir el padre Jesús cuando llegó a la misión de Mongoumba hace diez años y vio cómo sus feligreses trataban a los pigmeos, que viven en algunas zonas de selva profunda del territorio de esta parroquia. El que esto escribe visitó Mongoumba allá por 1989 y se le quedó grabada la imagen de hombres de corta estatura que aceptaban, con la mirada perdida y como lo más natural del mundo, que sus propios paisanos centroafricanos les pagaran con un cigarrillo o con un par de vasos de aguardiente casero, después de una jornada interminable deslomándose a trabajar en una finca de café. El misionero evoca sus intentos por “hacer que sus compatriotas de otras etnias les aceptaran como parte de ellos, algo que a la gente parecía sonarle a chino”. Entre sus recuerdos de esos años, relata lo que le pareció una pequeña victoria en favor de la unidad y la integración de los más marginados. “Les visitaba a menudo en sus lejanos poblados en la selva, y un día un matrimonio pigmeo me pidió prepararse para el bautismo. Aquello fue el punto de entrada que necesitaba. Durante tres años fui a verlos todas las semanas y la pareja reunió a otras 40 personas para seguir el catecumenado”. Después de un intenso periodo de catequesis, al final se bautizaron 35, algo que marcó un hito en la relación entre pigmeos y el resto de la feligresía: “Recuerdo el orgullo que vivieron al sentirse parte de una comunidad cristiana donde se sintieron acogidos con dignidad”.
ESCENA SEGUNDA "QUÉ VERGÜENZA, ¡UN OBISPO MUSULMÁN!"
Los últimos años del padre Jesús en Mongoumba fueron especialmente duros. Tras varios meses de muchos rumores y una gran incertidumbre, en marzo de 2013 llegaron al poder los rebeldes de la Seleka (de mayoría musulmana): “Mucha gente escapó a los dos Congos, cuyas fronteras están vecinas a Mongoumba. Esto destruyó el tejido social de la parroquia y hundió los servicios básicos, sobre todo la educación, ya que cerraron las escuelas”. El alcalde, musulmán, consiguió que la Seleka no hiciera estragos en el pueblo, y el resto del año pudieron vivir una cierta calma. Pero cuando llegaron los antibalaka (que se levantaron para combatir contra la Seleka, y por añadidura organizaron una verdadera caza al musulmán), tras atacar Bangui en diciembre de ese año, empezaron las tensiones. “Organizamos un comité de paz entre cristianos y musulmanes para evitar actos de violencia. En enero de 2014 nos presentamos dos veces a la puerta de la mezquita para evitar que los antibalaka la destruyeran. La primera vez éramos 3.000 personas y no se atrevieron a hacer nada, pero en la segunda ocasión la gente ya tenía más miedo y solo fuimos unos 70. Nada más marcharnos los milicianos destruyeron el edificio”. A partir de ese momento, las cosas empeoraron: “Escondí en mi casa a algunos musulmanes, y los imanes, antes de marcharse, me confiaron varios ejemplares del Corán para que los guardara”. Poco pudo hacer cuando los antibalaka entraron en la parroquia y, tras amenazarle de muerte, se llevaron todo. “Fue muy duro sentir la incomprensión de la gente, sobre todo un día en que una multitud enfurecida me paró y empezó a golpear mi coche. No podían entender que un sacerdote tiene que defender a cualquier persona que esté en peligro, ya sea cristiana o musulmana”. Durante sus últimos meses de párroco en Mongoumba, en 2017, intentó por todos los medios crear un ambiente favorable al retorno de los musulmanes. Sentó las bases para esta ansiada reconciliación, pero, como Moisés en camino a la tierra prometida, se marchó sin ver resultados. “El día de mi acción de gracias por la consagración episcopal –cuenta en su diario– una carta de bendición y agradecimiento de los musulmanes que están refugiados en el Congo me llegó al corazón”. Hoy, dos años más tarde, muchos de ellos están volviendo a sus antiguas casas, las cuales han quedado destruidas total o parcialmente. Su reintegración no ha conocido muchos obstáculos, en parte porque son ellos quienes se encargan de la mayor parte del comercio, y sus vecinos saben que durante su ausencia no se encontraba nada en las tiendas. Tal vez muy pocos se acuerden de que fue un humilde cura español el que se batió el cobre durante años para que en aquel villorrio pudieran volver a convivir cristianos y musulmanes de esta y de las futuras generaciones.

ESCENA TERCERA RESURRECCIÓN EN LA MORADA DE LA DESESPERANZA

Decía el maestro de periodistas Ryszard Kapuscinski que la mayoría de las guerras contemporáneas se libran en lugares remotos donde apenas llega alguien para contarlo. Un conflicto armado en lugares así de África apenas deja huella. No hay ciudades que hayan quedado en ruinas y que se puedan fotografiar, porque las muertes tienen lugar en poblados donde no hay nada. Un día las armas se callan, pero la guerra continúa en el corazón de los seres humanos, que ya no vuelven a vivir en cohesión social como antes. Este es el panorama que el obispo Jesús se encuentra cuando visita las comunidades cristianas de su diócesis. Un día en que el prelado se preparaba para visitar una zona de su diócesis durante la última Semana Santa, le llegó una carta de uno de los párrocos diciéndole que no se molestara en desplazarse. “Dos meses antes, él y su vicario habían venido para quejarse de que nada funcionaba en la parroquia: convocan el Consejo Parroquial y nadie viene; a la misa diaria, solo uno o a lo máximo dos cristianos...; el catequista ha dimitido, pues quiere más dinero y ahora no hay catecúmenos; cuando van a celebrar a las capillas recorren decenas de kilómetros, pero a menudo solo los niños les acogen y un puñadito de ancianos...”. Pero algo le dijo en su interior al bueno de monseñor Jesús que para abrir nuevos caminos no siempre hay que seguir lo que parece más fácil, y decidió no hacerles caso: “Mantuve mi agenda y me presenté cuando nadie me esperaba. Gracias a Dios, encontré la asamblea parroquial reunida con representantes de cada capilla. Les escuché y les dije que quería visitar todas las comunidades y ver su realidad”. Una realidad muy dura. La diócesis de Bangassou es enorme, con un territorio equivalente a la mitad de Andalucía. Recorrerla supone conducir a paso de tortuga por carreteras llenas de zanjas, donde uno termina estancado en el barro o teniendo que esperar durante horas hasta poder cruzar un río. Pero lo peor de todo es que toda la diócesis vive en una situación de conflicto y desplazarse por ella supone afrontar numerosos riesgos. Muchas parroquias han sufrido ataques que han causado muertos y han obligado a miles de personas a huir de sus hogares, ante el acoso de grupos armados de distinto pelaje: Seleka, antibalakas, yanyawid venidos de Sudán, pastores nómadas fulanis armados y los rebeldes ugandeses del Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en sus siglas en inglés). La violencia, con su espiral de represalias y venganzas, ha generado miedo y desconfianza entre cristianos y musulmanes, creando cada día nuevas divisiones. El obispo recuerda que, nada más llegar a su nuevo destino, le impactó “la violencia ciega y el ambiente de odio intercomunitario horrible, alimentado por mentiras y que ha empujado a muchos jóvenes a unirse a las distintas milicias”. Convencido de que un pastor tiene que ser un signo de unidad, insiste en que “en la Iglesia tenemos que crear espacios para que la gente esté junta y vuelva a relacionarse”. Su primera etapa tiene por destino Ouazoua: “La capilla, construida en 1962, se cae a pedazos..., y dan ganas de huir. Hace un calor insoportable y me siento como en el horno ardiente donde echaron a los tres jóvenes, Sidrac, Misac y Abdénago, que narra la lectura de esta quinta semana de cuaresma. Veo que al final de la iglesia, los jóvenes (muchos, antibalakas) se agolpan buscando algo de fiesta y ambiente, pues no saben adónde ir... Los líderes de la comunidad son más viejos que los ladrillos de la capilla..., sin fuerza. Un sagrario en madera, abierto, donde guardan la Eucaristía en un bote de mermelada...; solo un anciano bautizado en 1951 ha venido a comulgar. En el centro de mi homilía siempre el misterio pascual: ‘Nadie está perdido…; hemos sido salvados gracias al amor de Cristo en la cruz… Todos podemos obtener gracia en él: antibalakas, gente que abandonó, jóvenes y niños...’. ¡Qué pobreza! Dos horas en una sauna insoportable. Hay que ser muy optimista para ver el futuro de esta comunidad. Sin embargo, seguimos soplando para que la brasa no se apague y que de estas cenizas surja un nuevo fuego”. La segunda comunidad se llama Bema. Cuenta monseñor Ruiz que, en 2016, muchos de sus jóvenes, apoyados por los selekas, quemaron y destruyeron algunas casas de la vecina localidad de Ouango. “Una hostilidad fratricida se declaró desde entonces entre las dos localidades, y fue gracias a la mediación del párroco, el padre Cedric, como consiguieron, año y medio después, hacer las paces con ritos tradicionales”. Desde entonces, Bema, que está a orillas del río que hace frontera con la República Democrática del Congo, se ha convertido en una ciudad muy codiciada por sus grandes mercados, que dejan mucho dinero por las tasas de aduana. Tras cuatro años en manos de la Seleka, en julio de 2017 los antibalakas la conquistaron. Cuando llega el obispo, se encuentra con que el Ejército nacional acaba de entrar en Bema hace una semana. Están decididos a resistir allí cueste lo que cueste, no tanto por fervor patriótico, como por el dinero de los impuestos que entrará en sus bolsillos y que, sin duda, será mucho más que la exigua paga que reciben. Es Viernes Santo, y en la capilla de Bema la gente sigue muy atenta la celebración de la pasión y muerte del Señor: “Al final de las más de tres horas de celebración, me siento indispuesto, mareado y con ganas de vomitar. Con gran dolor para ellos... y para mí. Pienso que es el cansancio acumulado, pero en plena noche se manifiestan los signos del paludismo, con fiebre alta, dolor de cabeza, diarrea y mal por todo el cuerpo... Me duele en el alma tener que suprimir la celebración pascual en la noche del sábado en la comunidad, y envío al diácono para que celebre la Pascua con ellos”. El obispo se queda en su “tumba palúdica”, como el mismo la llama, durante los días siguientes: “El martes, ya repuesto un poco, he podido celebrar la eucaristía con los más de 50 neófitos que han recibido el bautismo en Bema y los alrededores en esta Pascua. El evangelio del día nos muestra a Jesús resucitado que sale al encuentro de la desconsolada Magdalena, que no hace más que llorar porque le han robado a su Señor: ‘¡María...!’; ‘¡Rabboni...!’. Les he invitado a estos jóvenes a pasar de una mentalidad de bautizados –lo cual aquí es casi un logro social– a una nueva mentalidad de ‘discípulos de Jesús’. Insisto en que el secreto está en el amor a ese Jesús que no vemos, pero que murió y resucitó por nosotros. Por amor, para que tengamos vida”. ¿Está el obispo satisfecho con los 50 neófitos? Con la perspicacia de quien ve más allá de las apariencias, piensa que “bautizados hay muchos, pero discípulos de Jesús, pocos, como les he dicho mientras les invitaba a convertirse en hombres y mujeres apasionados como María la de Magdala. Sin amor por Jesús, no hay bautismo que dure”. Ni tampoco puede durar el aguante ante tanta desesperación en uno de los lugares más olvidados del mundo. ¿Qué significa ser obispo en un sitio así? Su respuesta es todo un programa de vida: “Un pastor tiene que actuar como María al pie de la cruz: ella simplemente estaba allí. Es como estar con un paciente en cuidados intensivos al que das la mano y le acompañas con tu presencia para que venza a la desesperanza”.

Fuente: Revista Misioneros Tercer Milenio por José Carlos Rodríguez

Más de doscientas personas celebran el Día del Misionero Burgalés


La localidad de Roa de Duero acogió el sábado la celebración de esta entrañable jornada de convivencia entre misioneros, familiares, amigos y simpatizantes.


Un año más, la diócesis ha celebrado el Día del Misionero Burgalés, una jornada que en esta ocasión tuvo lugar en la localidad ribereña de Roa de Duero y reunió a unos doscientos misioneros, familiares, amigos y simpatizantes. En representación de los 647 misioneros burgaleses repartidos por todo el mundo, acudieron a la cita 17 misioneros, tres de ellos obispos: don Rafael Cob García,de la diócesis de Puyo (Ecuador), don Ángel Garachana Pérez, de San Pedro de Sula (Honduras) y don Braulio Sáez García, de Santa Cruz (Bolivia), obispo jubilado. En la celebración también participaron el obispo emérito de Jaén, don Ramón del Hoyo, y el vicario general de la diócesis de Burgos, Fernando García Cadiñanos.

Tras el saludo de las autoridades, monseñor Cob ofreció una charla sobre el Sínodo de la Amazonía convocado por el papa Francisco para el mes de octubre, un tema de gran actualidad eclesial. Seguidamente se celebró la eucaristía, para después compartir un almuerzo fraterno en el polideportivo de la villa raudense.

Por la tarde, cinco misioneros compartieron sus testimonios en una celebración mariana: José María Rodríguez Redondo (Tailandia), María José Zárate (Congo R.D.), Domingo de la Hera (Ruanda). Ángel Garachana (San Pedro Sula), y Josefa García Teresa (Nicaragua). A partir de sus vivencias se oró por el ecumenismo, por los mártires de la misión, por la formación integral de la persona y el derecho a vivir dignamente y por la dimensión misionero-evangelizadora del cristiano.

El encuentro concluyó pidiendo a Dios por todos los misioneros, para que les dé fortaleza y constancia para seguir en la misión, tanto por los que están en vanguardia en territorio de misión como por los que están en la retaguardia apoyando con su oración y solidaridad, y con una canción de acción de gracias a cargo de una misionera nativa de Zimbabwe que actualmente está en la Congregación de las Misioneras Hijas del Calvario en Burgos.

Fuente (Archidiocesis de Burgos)

"Bautizados en la fe y enviados a evangelizar"


En 1919 el Papa Benedicto XV publicaba su encíclica Maximum Illud. Se trata de un documento fundamental en la teología de la misión, pues buscaba promover en las iglesias particulares las vocaciones misioneras y la formación de las vocaciones nativas. En conmemoración de este aniversario, el Papa Francisco ha convocado para el próximo octubre un Mes Misionero Extraordinario. Se trata de una iniciativa que busca favorecer el encuentro personal con Jesucristo, saborear el testimonio de los misioneros y promover la formación bíblica y teológica en torno a la misión y la caridad misionera.

Aquel documento encontró en Burgos la tierra abonada. Previa-mente, en abril de 1919, el mismo Papa Benedicto XV había dirigido al entonces arzobispo de Burgos Juan Benlloch una importante carta que ha marcado la idiosincrasia de nuestra Diócesis. Ya existía en nuestra ciudad el Colegio de Ultramar, fundado por el canónigo Gerardo Villota, en el que se preparaban sacerdotes diocesanos para las misiones. Pero con aquella carta, el Papa encomendaba a mi antecesor la tarea de “procurar que dentro de los muros de Burgos se formen aptos para el caso, jóvenes escogidos del Clero que se sientan llamados por Dios a evangenlizar...”.

Este encargo, balbuciente en sus inicios, no ha dejado de dar muchos frutos. El Seminario de Misiones, fundado en Burgos como cauce misionero del clero secular español, ha acogido desde los inicios a jóvenes provenientes de toda la geografía española, para ser enviados a los cinco continentes a anunciar la Buena Noticia del Evangelio. Este Seminario, que fue el núcleo central de todo el movimiento misionero de la Diócesis, sirvió para fundar y regular las Asociaciones de la “Santa Infancia”, la “Propagación de la fe” y la “Unión Misional del Clero” en todas las parroquias.

Este dinamismo misionero ha enriquecido mucho a nuestra Iglesia diocesana. Hoy podemos decir que contamos con 646 misioneros en 68 países presentes en todos los continentes, lo cual ha configurado nuestra diócesis con un carácter aperturista y universal. Además, a través de nuestras instituciones seguimos colaborando con la actividad misionera de la Iglesia. La Facultad de Teología lo hace admirablemente en el campo de la formación. Ella es la encargada de la organización de semanas y simposios a través de su Instituto de Misionología y ofrece becas y formación para sacerdotes nativos. La Delegación de Misiones promueve la animación misionera en la infancia y juventud de la diócesis y vincula, a través de sus correos y contactos frecuentes, a la Iglesia diocesana con sus misioneros y sus trabajos y preocupaciones. A ello contribuye, como constato en mis visitas pastorales, la existencia de algún misionero en muchos de los pueblos y parroquias, que tienen la suerte de compartir durante sus tiempos de vacaciones los relatos de la vida misionera.

El próximo 13 de julio nos reuniremos en Roa para celebrar la cita anual del Día del Misionero Burgalés. El lema que hemos escogido es: “Bautizados en la fe y enviados a evangelizar”. Este encuentro servirá para orar por nuestros misioneros, con especial acento en aquellos que han entregado su vida, víctimas de la violencia y el odio. También para dar gracias por todo este recorrido misionero de nuestra Diócesis que nos debe de estimular a promover las vocaciones misioneras hoy. Además, nos posibilitará poder rendirles un pequeño homenaje por haber comprendido que la puerta del bautismo por la que un día entraron en la Iglesia no suponía adquirir derechos, sino aceptar el reto de ser enviados de Dios. Junto a los misione¬ros presentes, estarán muchos de sus parientes y conocidos, formando esa gran familia misionera que es nuestra Diócesis.

Como tal familia, “bautizados en la fe y enviados a evangelizar”, nos encomendamos a Santa María, la primera misionera, para que Ella nos enseñe a vivir la fe con alegría y a proclamarla con esperanza a cuantos compartan con nosotros la vida de cada día.



+ FIDEL HERRÁEZ, Arzobispo de Burgos

Eucaristía en honor a la misionera Inés Nieves Sancho


Semana de Misionología de Burgos


Del 1 al 4 de julio tendrá lugar en la Facultad de Teología de Burgos el acontecimiento de formación misionera con más solera de España: la Semana de Misionología de Burgos.

La Facultad de Teología de Burgos acogerá del 1 al 4 de julio la celebración de la 72 Semana Española de Misionología, bajo el título “Misión ad gentes, futuro de la Iglesia”. Desde 1947 este encuentro de formación misionera se ha celebrado anualmente, y sigue impulsando hoy la reflexión sobre los diversos aspectos que acompañan la Misión de la Iglesia.

Para ayudar en esta reflexión, la 72 edición contará con cinco ponencias y dos mesas redondas. La conferencia inaugural será pronunciada por el presidente de OMP, Mons. Giampietro Dal Toso, que hablará sobre “Una Iglesia Misionera guiada por el Papa Francisco”. El segundo día estará dedicado a las congregaciones religiosas, con ponencias de Eloy Bueno de la Fuente (Facultad de Teología de Burgos) y el P. Miguel Ángel Medina Escudero (Universidad San Dámaso) y una mesa redonda que recogerá la experiencia de las grandes congregaciones para la misión.

En la tercera jornada, el misionero del IEME Gabriel Domingo hablará sobre el clero secular y la misión ad gentes. Esta ponencia se completará con la experiencia misionera de las Diócesis Vascas (Luis María Goikoetxea) y el impulso misionero en la Diócesis de Toledo (Fernando Redondo).

El último día se centrará en la presencia del laicado en la misión ad gentes, con conferencias de Pilar Rodríguez, de Familia Misionera Verbum Dei, y la presidenta del Foro de Laicos, Dolores García, que clausurará el encuentro.

Todas las conferencias y mesas redondas podrán seguirse en streaming en el canal de Youtube de la Semana de Misionología de Burgos y en las redes sociales Twitter, Facebook e Instagram. El hashtag de la semana es #MisionologíaBurgos.

Toda la información en: https://www.omp.es/semana-espanola-de-misionologia/
Ver el programa completo de la 72 Semana Española de Misionología

El padre Ortega desarrolló una vasta obra social en la Región de Ñuble.

Obispado de Chillán informa fallecimiento de sacerdote español José Antonio Ortega

A los 81 años de edad falleció en Chillán el sacerdote español José Antonio Ortega. El padre José Antonio nació en Burgos, España, el 15 de Junio de 1937. Realizó sus estudios de Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, animado siempre por su afán misionero. Fue uno de los estudiantes inquietos que asistieron a la recordada reunión con el obispo de la época, monseñor Eladio Vicuña, cuando el año 1958 él acudió a la casa de estudios española para conversar con jóvenes que se sintieran motivados por el ardor misionero y quisieran viajar a Chile.


Arribó a Chile en 1960. Fue nombrado cura párroco de la localidad de El Carmen, en donde pudo proseguir con su labor de formación y promoción de líderes. Más tarde fue trasladado a Chillán, en donde atendió sectores poblacionales como las poblaciones Rosita O’Higgins y El Roble.



Además, estuvo a la cabeza del Centro de Formación Integral Diocesano, promoviendo Cursos de Teología a Distancia con la comunidad cristiana de Madrid. Asimismo, integró el Equipo Promotor del Movimiento por un Mundo Mejor (MMM), surgido a raíz del Concilio Vaticano II. Impulsó el programa “Nueva Imagen de Parroquia”, que trataba de incorporar a todos los sectores de la población en un programa común que acogía las aspiraciones y celebraciones populares.



Fue párroco de Yungay y, posteriormente, cura párroco de San Juan de Dios en la ciudad de Chillán a partir del año 1993. En enero del 2014, el padre Ortega recibió la nacionalidad por gracia de parte del Congreso Nacional junto a los sacerdotes Ramón Seco y Andrés Lacalle. 



En los últimos años creó el Hogar “Casa de acogida mamá Teresa”, destinado a acoger a adultos mayores en situación de precariedad económica. Esto, después de haber impulsado la creación de la Fundación Padre Chango, destinada a brindar acogida, protección y ayuda para la rehabilitación a personas jóvenes adictas a la droga.



Sus restos están siendo velados en la Capilla Santa Ana, ubicada en El Golf 406 y sus funerales se desarrollarán este sábado 8 de junio en el Mausoleo de la Colonia Española del Cementerio Municipal de Chillán tras una misa que será oficiada en la Catedral de la ciudad a partir de las 10.00 horas. 


Fuente: Comunicaciones Chillán


Chillán, 06-06-2019