La mirada de Madelaine

Queridos amigos:
El papa Francisco nos da testimonio de que la misericordia no se explica, se vive. Por eso me he decidido a enviaros este pequeño relato para compartir la alegría de ser sacerdote durante 28 años. Y si sirve para el Domund…

La mirada de Madelaine

Voy en busca del doctor Javier, misionero español, que se ha especializado en cuidados paliativos a favor de la gente de escasos recursos de la ciudad de El Alto. He quedado con Madelaine en que hoy pasaría por su casa con un médico amigo mío. Le he avisado que es un brujo haciendo desaparecer el dolor: “Es muy bueno poniendo parches –de sedante- para que puedas dormir bien por las noches.” Se ha reído y me ha replicado: “Y ahora, ¿cómo voy a escaparme a bailar con mi príncipe azul?” Le he mirado con ternura y le he advertido de que sus quince años no le dan derecho a tomarse esas libertades.
Después de darle la comunión, hemos acordado que, esta semana, las cuentas blancas del rosario las iba a dedicar al papa Francisco, que en breve llegará a Bolivia. Y que las cuentas verdes las rezaría por mí, que cumplo veintiocho años de padrecito.
Me ha mirado con esos ojos grandes que se asoman en su rostro deformado por el cáncer y me ha dejado ‘flechao’. En realidad, he sido yo quien ha recibido el parche que necesitaba: una buena dosis de la esperanza que no defrauda.

El pan caliente de cada viernes

A lo largo de los años, me han dado nombres bellísimos: padre, padrecito, diosito, Jesusito… Pero el de esta mañana me ha asombrado sobremanera. Ha brotado espontáneamente, sin cálculo, casi por equivocación.

Salía del cuarto de Madelaine y su madre me ha dicho: “Gracias, doctor”. Inmediatamente se ha corregido y lo ha arreglado con naturalidad: “Cuando viene nos da tanta alegría… Yo me siento como que tengo un bulto grande cargado y, al verlo entrar por la puerta, se hace chiquitito. Usted es un verdadero ‘doctor de la vida’.”

Me he sonreído y le he dado un beso. “Le esperamos el viernes” –me ha recordado-. Lo cierto es que no puedo pasar el viernes sin acercarme a charlar con Madelaine. A charlar, a darle la comunión y a revisar la tarea que me pone en cada visita. Ella está en cama, sin curación, pero no es ninguna inútil. Sin querer queriendo me da lecciones de paciencia, de fe y otras muchas cosas.
A veces, también decae. Ese mismo día me comentó que estaba aburrida, es decir, cansada de su situación. Yo me agarré de su mano y rompí a llorar mientras le hablaba de Jesús. Se me quedó mirando y le volvió el brillo a los ojos.
Cada semana acudo a la cita como se acude a la boca del horno en busca de pan caliente. Y cada noche le pido al Señor que me dé el pan caliente de cada viernes.

Juan Carlos