Homenaje al obispo misionero Gonzalo López Marañón




Los padres carmelitas de Burgos rinden homenaje al obispo misionero recientemente fallecido, Mons. Gonzalo López Marañón. El acto de homenaje tendrá lugar el próximo viernes 11 de noviembre en el salón de actos del Carmen, en Paseo Empecinado, 1, de la capital burgalesa.

También se inaugurará una exposición bajo el título “Las sandalias del misionero”, que estará abierta al público hasta el día 17 de este mes de noviembre. Se podrá visitar de 18:00 a 20:00 horas.

Mons. Gonzalo López, obispo emérito de Sucumbíos, falleció en Angola, donde residía, el pasado 7 de mayo, después de una labor de más de 40 años de misionero en Ecuador. Mons. Gonzalo, de la Orden de los Carmelitas Descalzos, nació en la localidad burgalesa de Medina de Pomar, el 3 de octubre de 1933, fue vicario apostólico de San Miguel de Sucumbíos, Ecuador, de 1984 a 2010.

Su compañero de orden y de misión, fray Gilberto Hickman, contaba en una carta de despedida de “frei Gonçalinho” (el nombre como religioso carmelita del obispo era Fray Gonzalo de la Inmaculada), cómo vivió su llamada a la misión en los últimas semanas de vida. Tras su jubilación había querido seguir siendo misionero, por lo que se fue a la misión que los carmelitas tenían en Calunda, una de las zonas más pobres de la diócesis angoleña de Lwena. Sin embargo, por diversas razones la misión no pudo prosperar y el Padre General de los Carmelitas le pidió a la comunidad que regresara.

“Monseñor Gonzalo como obispo emérito”, cuenta fray Gilberto, “tenía el derecho de escoger por donde continuar su camino. Nos dijo que él pensaba continuar allí, hasta el final de su vida. Si fuera posible”. Habló con el obispo de Lwena, el misionero argentino Mons. Jesús Tirso, que aceptó su deseo”.

Mons. Gonzalo asumiría la pastoral en Calunda, aunque no pudiera llegar a las comunidades más remotas. Sin embargo, antes de partir para la que sería su última misión, cayó enfermo de malaria.

Tal vez se pueda decir que en ese rincón de Angola están los más necesitados, los últimos (o casi últimos) donde ciertamente pocos (muy pocos) aceptarían ir a vivir y construir sólidamente con ellos la vida. Allí falleció. “Monseñor sintió que ese era su lugar y su última misión. Misión y misionero hasta el final”, concluye fray Gilberto.

OMPRESS-BURGOS (8-11-16) 
Carta del P. Gilberto Hickmann, misionero compañero de Mons. Gonzalo en Angola
Estimados (as):
Seguramente la mayoría de ustedes, ha recibido de otras fuentes noticia de la muerte de Monseñor Gonzalo ("P. Gonzalinho" como quería ser llamado y le llamaban en la misión de Calunda y Cazombo). Estuve en la casa de mi hermana esta semana; no tenía acceso a Internet. Ayer, las consultas entre el dentista y la consulta médica, dejé abiertos muy rápidamente los mensajes de correo electrónico, sin darme cuenta de que había uno de D. Tirso, que comunicaba la muerte de Monseñor Gonzalo. Yo les digo que me dio mucha pena y tristeza. Sabemos de sus sueños y optimismo.
En la declaración anterior tienen una información más "técnica". Quiero exponerles brevemente como fueron nuestras últimas conversaciones con él, lo que hablamos y le sugerimos. La fiesta de San Juan de la Cruz pudo entrar en la nueva casa (todavía en construcción). Como se decidió que el P. Mariano y yo volviesemos a finales de abril (nuestra licencia vino del Provincial y después de un año teníamos que volver); después del año nuevo Monseñor Gonzalo decidió ir a Luena (y a otros lugares), se fue a hablar con un matrimonio (amigo y refrendado por las hermanas teresianas) que ya sabía y que estaba dispuesto a ir a vivir a la misión en Calunda.

También quería hablar con D. Tirso de su decisión ya firme y que quería continuar la misión en Calunda. Esta pareja viviría con él y le haría el servicio de la casa y los movimientos por los alrededores. Un par de semanas antes de que (Mariano y yo) hubiéramos viajado, había decidido que seguiría en Calunda con esta pareja. El fin de semana celebramos la misa de despedida, hablamos con la comunidad acerca de su estancia y quedamos libres para seguir nuestro viaje.
Antes de realizar estos planes, el P. Mariano, al regresar de Cazombo trajo la noticia de que Monseñor había cogido la malaria, que se le había alterado su diabetes y que había estado en el hospital durante cinco días. El médico le había pedido que se quedara en Luena, incluso durante un mes, para revisarle y hacer seguimiento.
Decidimos entonces, el Padre Mariano y yo ir a Luena a decirle adiós, porque a continuación él sólo seguiría para Calunda más tarde. Hemos hablado mucho con él. Quisimos disuadirle de la idea de irse solo a Calunda, pero él, muy tranquilo y sereno, pero muy determinado, se mantuvo firme en su propósito. Quién puso más argumentos fue el P. Mariano. Nos dijo que cada uno tiene una vocación específica, única, y que le dejásemos seguir esta vocación. La suya era esta vocación. Y si tuviera que morir en la misión Calunda, que le enterrasen allí. Le dijimos que, a nuestro parecer, al menos debería quedarse en la misión para Cazombo, donde hay una comunidad de hermanas, donde había permanecido durante meses y donde había estado bien.
Pero él estaba decidido por ir a la misión de Calunda. Se quedó cautivado por estas personas y la gente estaba encantada con él, a pesar de haber vivido poco tiempo allí. Quisimos, en conclusión, a respetar su libertad y decisión. Sabíamos que no sería fácil para él. Nos pareció que con la malaria, su salud había quedado frágil. Dijo que se iba a recuperar, pero me dijo que estaba casi sin apetito y le vimos bastante pálido. Hemos viajado de regreso a Brasil y no tuvimos más noticias. Me acaban de responder a las hermanas de Cazombo, a quienes había escrito. Pero no me dan noticias de Monseñor Gonzalo. Ciertamente no habían sabido nada de él. Era de escribir muy poco.
La noticia de que ahora recibo no es de él, pero no trata de él: murió Monseñor Gonzalo. Quedé en realidad muy dolorido. Creo que esto ya son semillas para la reanudación de una futura presencia del Carmelo en el territorio de Angola. Podemos no estar de acuerdo con algunas actitudes y opciones tomadas por él, pero no deja de ser un testimonio misionero corajudo, audaz y radical. No hay mayor amor por un pueblo que dar su vida por él. Él lo hizo. Oremos por él y que su espíritu misionero nos contagie.
Un gran abrazo.